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Durante décadas, el consejo más habitual que recibía un paciente al inicio de un tratamiento oncológico era sencillo: descansa, no te esfuerces, guarda energía. Era una recomendación bienintencionada, pero la evidencia científica acumulada en los últimos veinte años la ha puesto en cuestión de forma contundente.
Hoy, la American Society of Clinical Oncology (ASCO), el American College of Sports Medicine (ACSM) y la American Cancer Society coinciden en algo que hace no mucho tiempo habría parecido contraintuitivo: el ejercicio físico supervisado durante el tratamiento del cáncer no solo es seguro en la mayoría de los pacientes, sino que es beneficioso. Y en algunos contextos, empieza a considerarse parte del propio tratamiento.

Por qué el ejercicio durante el tratamiento oncológico ya no es opcional

La fatiga relacionada con el cáncer es uno de los síntomas más limitantes que experimentan los pacientes durante la quimioterapia y la radioterapia. Es una fatiga diferente al cansancio habitual: no mejora con el descanso, afecta a la concentración, al estado de ánimo y a la calidad de vida de forma global, y en muchos casos persiste meses o años después de finalizar el tratamiento.

Durante años se asumió que el reposo era la respuesta lógica ante esa fatiga. Pero la evidencia muestra lo contrario: el ejercicio suave y bien dosificado reduce la fatiga relacionada con el cáncer a medio plazo de forma más efectiva que el reposo. No de forma inmediata, y no en todos los casos, pero el patrón es consistente en múltiples estudios y tipos de cáncer.

 

Los beneficios documentados

Más allá de la fatiga, el ejercicio durante el tratamiento oncológico ha demostrado mejorar la capacidad cardiovascular y muscular, la calidad del sueño, el estado de ánimo, la tolerancia al propio tratamiento y la calidad de vida percibida por el paciente. El ensayo CHALLENGE, presentado en el congreso ASCO 2026, analiza el impacto del ejercicio estructurado tras la quimioterapia en cáncer de colon y sus resultados están reforzando la idea de que el ejercicio no es un complemento agradable sino una intervención terapéutica con efecto real sobre el pronóstico.

Te proponemos La importancia del entrenamiento de fuerza para la salud como lectura complementaria sobre los beneficios generales del entrenamiento de fuerza.

Qué tipo de ejercicio se recomienda durante el tratamiento

La recomendación actual no es hacer cualquier cosa, sino combinar dos tipos de ejercicio con una lógica clínica concreta, siempre con el visto bueno del equipo médico.

 

Ejercicio aeróbico: cómo y con qué intensidad

El ejercicio aeróbico de intensidad moderada, como caminar, la bicicleta estática, la natación o la elíptica, mejora la capacidad cardiovascular, reduce la fatiga y tiene un impacto positivo sobre el estado de ánimo.


La clave está en la intensidad: durante el tratamiento oncológico, guiarse exclusivamente por la frecuencia cardíaca puede no ser fiable porque la quimioterapia y la radioterapia pueden alterar la respuesta cardíaca al esfuerzo. Por eso el ACSM recomienda usar la percepción subjetiva del esfuerzo como referencia principal, manteniéndose en una intensidad moderada en la que el paciente pueda hablar con cierta comodidad pero note que está haciendo un esfuerzo real.

Entrenamiento de fuerza: el pilar más infrautilizado

El entrenamiento de fuerza es quizás el recurso más infrautilizado en el contexto oncológico. La quimioterapia y la radioterapia producen pérdida de masa muscular, lo que aumenta la fatiga, reduce la tolerancia al tratamiento y compromete la recuperación funcional posterior. El trabajo de fuerza progresivo contrarresta esa pérdida, preserva la capacidad funcional y tiene un impacto directo sobre la calidad de vida durante y después del tratamiento.
En muchos ejercicios puede bastar el propio peso corporal en las primeras fases, incorporando bandas elásticas o mancuernas de forma progresiva según la evolución del paciente.

Te proponemos esta lectura Entrenamiento de fuerza durante la menopausia como ejemplo de entrenamiento de fuerza adaptado a contextos clínicos específicos.

Cómo se adapta la intensidad en cada sesión

Una de las características más importantes del entrenamiento durante el tratamiento oncológico es que la tolerancia al ejercicio puede variar de forma significativa de una sesión a otra, e incluso de un día al siguiente.


La intensidad no puede ser fija: tiene que ajustarse en cada sesión según el estado real del paciente ese día, teniendo en cuenta los días transcurridos desde la última sesión de quimioterapia, el nivel de fatiga, el recuento sanguíneo y cualquier síntoma nuevo.

La frecuencia recomendada

En fases iniciales de readaptación, entrenar 2-3 veces por semana permite progresar la carga de forma segura y controlada. Conforme mejora la tolerancia, la frecuencia puede ajustarse. Lo importante es la continuidad y la progresión bien pautada, no solo la cantidad de sesiones.
Esto hace que trabajar con un profesional especializado no sea un complemento opcional sino una necesidad real. Un programa de entrenamiento oncológico bien diseñado no es un plan fijo de ejercicios: es un protocolo adaptativo que responde a la evolución del paciente semana a semana.

Te recomendamos esta lectura Entrenamiento de fuerza antes de la cirugía de LCA como ejemplo del enfoque de progresión de carga guiada por objetivos funcionales, no por tiempos fijos.

Cuándo pausar el ejercicio: señales de alarma

El ejercicio durante el tratamiento oncológico es seguro cuando se supervisa correctamente, pero existen situaciones en las que debe interrumpirse y consultar con el equipo médico antes de continuar.

Señales para interrumpir la sesión inmediatamente

Se debe pausar de forma inmediata ante mareo o sensación de inestabilidad, dolor torácico o palpitaciones, dificultad respiratoria no habitual, dolor óseo nuevo o intenso, fiebre activa o cualquier señal de alarma que el equipo oncológico haya indicado específicamente para ese paciente.

Situaciones que requieren adaptación especial

Los pacientes con metástasis óseas necesitan modificar la intensidad, la duración y el tipo de ejercicio para reducir el riesgo de fracturas patológicas. En momentos de recuento sanguíneo muy bajo, especialmente de neutrófilos, el riesgo de infección aumenta de forma significativa, por lo que se extreman las precauciones en espacios compartidos y se puede recomendar entrenar en entornos controlados. En situaciones de inestabilidad médica aguda el ejercicio se pausa hasta la valoración del equipo médico.

La pre-habilitación: empezar antes de que empiece el tratamiento

Uno de los conceptos más relevantes en ejercicio oncológico es la pre-habilitación: la preparación física previa al inicio del tratamiento o la cirugía. Llegar al tratamiento con una mayor capacidad cardiovascular y muscular permite tolerarlo mejor, reduce las complicaciones postoperatorias y acelera la recuperación posterior.

La evidencia sobre la prehabilitación quirúrgica en cáncer de pulmón es especialmente sólida: el ejercicio preoperatorio supervisado reduce la duración de la estancia hospitalaria y las complicaciones postoperatorias de forma significativa.

Te recomendamos esta lectura Entrenamiento de fuerza antes de la cirugía de LCA como ejemplo del enfoque de pre-habilitación aplicado a la cirugía.

La vuelta a la actividad tras el tratamiento

No existe un plazo fijo para volver a entrenar con normalidad después de finalizar el tratamiento. La reintroducción debe ser progresiva, guiada por profesionales, y puede comenzar incluso antes de que el tratamiento haya terminado si el estado del paciente lo permite.

Por qué no basta con «retomar lo que hacías antes»

Lo más habitual es que la capacidad física se haya reducido durante el tratamiento, a veces de forma significativa. La vuelta a la actividad no es simplemente retomar lo anterior: es un proceso de readaptación gradual que respeta los tiempos biológicos de recuperación y progresa la carga de forma controlada.

En Amaro & Castillo acompañamos a pacientes oncológicos en todas las fases del proceso: durante el tratamiento, en la recuperación postratamiento y en la readaptación a la actividad física habitual. El entrenamiento se diseña de forma individual, en coordinación con el equipo médico del paciente, y se ajusta en cada sesión a su estado real a través del método Integrity.

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